Estados Unidos lanzó un ataque sin anestesia en aguas internacionales del Caribe: una lancha venezolana, cargada de drogas y tripulada por presuntos miembros del Tren de Aragua, estalló bajo un impacto letal. Once personas fueron fulminadas en lo que el presidente Trump describió como una operación quirúrgica contra el narcotráfico –o lo que él pretende llamar “narco-terrorismo”.
El video, difundido con orgullo presidencial, mostró cómo el bote quedó envuelto en llamas justo después de recibir el impacto. No hubo advertencias, no hubo intentos de detención; solo explosión, cadáveres y un mensaje letal: “hay más”, advirtieron Trump y sus funcionarios. El arsenal desplegado no fue chatarra: barcos de guerra, submarinos nucleares, drones de vigilancia cubrían la zona como sombras preparadas para eliminar lo que consideren amenaza.
El ataque desnudó la nueva estrategia: no hay justicia, no hay proceso, solo juicio letal desde el aire. El desfile militar no es solo contra el fentanilo o la cocaína: la balacera es política, es amenaza y es advertencia regional. Y el Caribe ya no es solo mar, es frontera entre el cómic y una guerra sin papel.
Maduro reaccionó como se esperaba: movilizó tropas, llamó a la milicia civil y acusó a Washington de preparar una invasión disfrazada de misión antidrogas. Colombia sacó a miles de soldados al Catatumbo y Petros, con aspavientos democráticos, condenó el acto. El mundo observa, impactado, mientras los buques de guerra y los rehenes de la diplomacia siguen en calma tensa.
Esta lancha hundida no es un error; es el acto inaugural de una campaña escalada, donde los carteles ya no son simples cárteles, sino ejércitos terroristas. En ese nuevo guion, el Caribe dejó de ser paisaje para convertirse en escenario de práctica bélica. Queda claro que, para el Pentágono y la Casa Blanca, las fronteras ya no distinguen entre ley y exterminio: en el océano, disparar primero ya es el protocolo.
