China desplegó en Pekín un desfile militar que no solo presume músculo, sino que escupe advertencias a gritos: misiles hipersónicos, drones submarinos, tanques, cazas invisibles y hasta “lobos robóticos” marcharon como un aviso despiadado de que el gigante rojo ya no tolera represalias. Allí, en Plaza Tiananmén, Xi Jinping se paró frente a miles de soldados, flanqueado por Vladimir Putin y Kim Jong‑un, los tres emperadores en un podio bélico más teatral que nunca.
No fue desfile de fantasía patriótica, sino rito de debilidad ajena: misiles intercontinentales, vehículos de guerra cibernética, submarinos, drones terrestres y aéreos desfilando para advertirle a Occidente que China quiere otro reparto. Quienes agitaban la retórica de “paz” desde el estrado, mostraban a la vez su capacidad para desencadenar la guerra.
Y como si el espectáculo militar no bastara, los oídos del mundo captaron algo aún más insólito: un micrófono abierto permitió escuchar a Xi y Putin filosofar sobre la longevidad humana y sugerir que la vida podría estirarse hasta los 150 años. Interessante combo: desfile apocalíptico con charla sobre inmortalidad.
La composición era digna de un manual de propaganda autoritaria: 12 000 soldados en avenidas pulcras, banderas rojas cobrando vida y misiles desfilando como jubilados en carrozas. Uniendo fuerzas, Xi, Putin y Kim tejieron un frontón que desafía el orden global y exuda alianza entre autócratas. Mientras tanto, el mundo observa —o evita mirar— con un sobresalto fétido.
El mensaje era menos críptico de lo que tremerá el discurso oficial chino: la paz es tema de conveniencia, la guerra se prepara con estética. El desfile no celebró solo una victoria histórica, sino que registró el boleto de entrada a un nuevo reparto del mundo, donde el comunismo armó ejército multimedia y exhibe la colección completa de terror.
Mientras tanto, allá afuera, los analistas susurran que Trump celebró la ofrenda desde su red social favorita, burlón, lanzando saludos a sus nuevos conspiradores en el oeste. Pero eso ya es otra peste: el espectáculo global que ni siquiera el optimismo bélico puede tapar.
