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Muere la elegancia, pero el imperio Armani no usa máscara

Giorgio Armani murió a los 91 años y, con él, la ilusión de que la moda podía tener rostro humano. La noticia cayó como un perfume caro derramado en el piso: aroma penetrante, brillo instantáneo, evaporación inmediata. Armani no fue un diseñador, fue un emperador que construyó un reino de telas ligeras, chaquetas sin forro y trajes que convirtieron a presidentes, banqueros y actores en soldados uniformados de su ejército de sobriedad. Su vida se extinguió en Milán, en la capital del estilo, como si el escenario lo hubiera esperado desde siempre para el último desfile sin retorno.

El imperio que deja es un bubón financiero en toda regla: miles de millones de dólares convertidos en ropa, perfumes, hoteles, restaurantes, relojes, hasta en un equipo de baloncesto que jugaba con el logo de la elegancia tatuado en la camiseta. Armani diseñó la estética de los poderosos, pero también diseñó el mercado del lujo como plaga global. En cada boutique, en cada alfombra roja, en cada frasco cuadrado de colonia, Giorgio supo plantar un pedazo de su nombre. Y lo defendió con puño de hierro: nunca vendió su compañía, nunca permitió que otros jugaran con sus hilos. Fue un dictador de la costura, tan absoluto como discreto, que reinó con la severidad de un cirujano y la sonrisa tímida de quien sabe que lo aplauden por miedo al vacío.

La industria lo llora con frases pulidas, como si el duelo debiera mantenerse en clave de etiqueta. Sus colegas lo llaman gigante, los políticos lo convierten en símbolo de Italia, y las revistas lo canonizan como santo patrón de la sobriedad. Pero la peste no olvida: Armani también fue el hombre que confesó en sus últimos días que su único remordimiento fue haber amado más al trabajo que a la familia. Ese detalle humano, esa arruga en su impecable traje, nos recuerda que bajo el lino y la seda también sudaba un cuerpo, que bajo el emporio respiraba un hombre con carencias tan mundanas como las de cualquier mortal.

Hasta el final, Armani se mantuvo fiel a su máscara. No gustaba de dar entrevistas, no toleraba la vulgaridad de la exposición mediática. Prefería el silencio de los talleres, la disciplina de la aguja, el control absoluto sobre cada puntada. Ese control lo llevó a dominar no solo la pasarela, sino la manera en que el mundo se imaginaba a sí mismo vestido. No inventó el lujo, pero lo encuadernó en una colección eterna, lo exportó como enfermedad deseable, lo convirtió en epidemia aspiracional.

Y sin embargo, la muerte lo alcanzó con la sencillez que ningún traje puede cubrir. Armani muere y el imperio sobrevive: las tiendas seguirán abiertas, las colecciones desfilarán solas, los perfumes se venderán en aeropuertos y los hoteles recibirán huéspedes que nunca conocerán al sastre original. El cuerpo se apaga, pero la maquinaria del lujo sigue en automático, como un cadáver maquillado que sonríe para la foto.

Los dolientes repiten que Armani fue símbolo de lo mejor de Italia. Quizá lo fue: disciplina, perfeccionismo, belleza sobria, pero también obsesión, control y frialdad. Un país reflejado en un traje gris que impresiona en la junta de negocios pero no se mancha con la sangre de la calle. El rey de la moda entendió que la verdadera elegancia no necesita adornos, solo poder. Y a ese poder se entregó sin reservas.

La peste se ríe en silencio: la elegancia murió con Armani, pero el hedor del negocio seguirá intacto. La marca seguirá vendiendo la ilusión de inmortalidad mientras el hombre yace bajo tierra. Armani no usó máscara, pero su imperio la llevaba puesta desde siempre. Una máscara de perfección que ocultaba la fragilidad del creador. Giorgio Armani se va, sus trajes se quedan, caminando solos por un mundo que aplaude lo impecable aunque huela a vacío.

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