Lorena cambió de máscara, pero no de veneno. Dejó atrás la categoría de huracán para degradarse a tormenta tropical, aunque en realidad lo único que perdió fue glamour. Sus vientos todavía superan los 95 kilómetros por hora y sus rachas alcanzan hasta 160, suficientes para arrancar techos, doblar espectaculares y convertir las calles en ríos. La península de Baja California Sur es hoy su sala de operaciones: aguaceros torrenciales, relámpagos que parecen bisturís en el cielo y un mar que ruge como si quisiera tragarse los muelles.
El Servicio Meteorológico insiste en hablar de “debilitamiento”, pero basta poner un pie en las comunidades costeras para darse cuenta de que no hay tal. Las lluvias reventaron ya en Los Cabos, Mulegé y Comondú, mientras en el resto de la península se encienden alertas de inundación y deslaves. La franja de prevención se extiende de Santa Fe a Punta Eugenia, como un cerco mortuorio que advierte: “nadie entra, nadie sale”. En Sonora y Sinaloa, el cielo se desploma con lluvias intensas, y en Jalisco, Nayarit y Colima se reportan tormentas fuertes que amenazan con arrastrar lo que quede suelto en las laderas.
El poder de Lorena no solo se siente en México. Sus fauces de humedad ya viajan hacia el norte, arrastrando nubarrones cargados que se cebarán sobre Arizona, Nuevo México y Texas. En algunas zonas se esperan hasta 13 centímetros de lluvia en menos de un día, un diluvio capaz de colapsar drenajes y sepultar autopistas. Desde Houston hasta Dallas, los servicios meteorológicos advierten de inundaciones repentinas mientras la población se prepara para otra noche de sirenas y sobresaltos.
En tierra mexicana, la escena es un retrato pestilente: escuelas cerradas, carreteras bloqueadas, familias evacuadas que deambulan con bolsas de plástico sobre la cabeza como improvisadas capuchas contra la lluvia. Los hoteles de Los Cabos se atrincheran, bajan cortinas metálicas y distribuyen lámparas de emergencia. La península se enciende con mensajes de “prevención”, pero el agua corre como si fuera la dueña de todo. Y lo es.
El presidente promete coordinación, brigadas y ayuda inmediata, pero en cada tormenta la burocracia llega tarde, como paciente crónico que siempre olvida la medicina. La población, en cambio, ya conoce el protocolo: guardar documentos en bolsas de basura, amarrar las láminas del techo y esperar que la tormenta no decida arrancarles también la esperanza.
Lorena avanza paralelo a la costa, lenta pero constante, como un verdugo que disfruta del espectáculo antes de dar el golpe final. Cada hora que pasa, se convierte menos en un fenómeno meteorológico y más en una plaga líquida que amenaza con esparcirse hacia el resto del país y más allá. No se trata de un ciclón que pasó, sino de un monstruo que aprendió a multiplicarse en lluvia.
El Caribe tiene sus huracanes, pero hoy el Pacífico mexicano carga con su propio bubón climático: Lorena, un nombre que suena dulce pero que en las calles de Baja California Sur se pronuncia con dientes apretados. Porque el ciclón perdió categoría en los boletines, sí, pero en la vida real sigue siendo la peste que se cuela por las rendijas, que inunda cocinas, que arrastra autos y que no entiende de escalas Saffir-Simpson.
La tormenta no se fue, apenas cambió de rostro. Y aunque las autoridades insistan en llamarla “tormenta tropical”, la realidad es más brutal: Lorena es hoy la epidemia del agua, la furia de un cielo que no se cansa de escupir sobre los vivos.
